Economía 2019, la recta final de otro fracaso, parte II
Por Gustavo Grinspun
Con el comienzo del nuevo año, nuestras
preocupantes advertencias de finales del año pasado parecen ir
lamentablemente verificándose a medida que van se haciendo públicas las
primeras referencias estadísticas del cierre del último trimestre y del
año. Los efectos recesivos del renovado acuerdo con el FMI, y en
particular los del “cepo monetario”, aplicado a partir de su vigencia, serían
efectivamente más agudos que los proyectados y con mayor incidencia
proporcional recesiva sobre la actividad económica que deflacionario
sobre los precios. Dos de los tres sectores más relevantes, entre los
más afectados por el programa vigente, verificaron caídas interanuales
dramáticas. En la construcción fue del -11.4% y -20.5% en noviembre y
diciembre, respectivamente; en la industria del -13.3% y -14.7%, también
respectivamente. En el año completo, la industria en su conjunto habría
sufrido una recesión en rangos de un -5%.
La caída del salario real promedio, que
proyectamos en el orden del 18 / 20% hacia el final de la gestión Macri,
ya estaría aproximándose a esos rangos al final del 2018. El consumo
cayó más de un 10%, en noviembre; las ventas en supermercados el 12.5% y
en los shoppings el 16.3%. También en noviembre la caída de la
actividad económica interanual fue del -7.5%. Es el indicador más bajo
desde 2009. Y la proyección de la caída interanual de diciembre estaría
en rangos del -6%, con un último trimestre del año cayendo a un ritmo
del 5% anualizado y un valor correspondiente al2018 más cerca del menos
3% que del menos 2.0%. Sin embargo, a pesar de la magnitud de esos
indicadores, la inflación, aún poniendo en valor la disminución más
significativa operada a partir del último bimestre 2018, no parece poder
perforar el piso del 2.5% mensual. Nuevamente las proyecciones para
enero último así lo ratificarían.
Hoy, en medio de una recesión aguda, el
ajuste y los pagos de servicios del agresivo endeudamiento tomado en
estos tres años parecen ser parte del problema y no de la solución. La
noción de que la recesión crea fundamentos más sólidos para el
crecimiento pareciera ser contra-fáctica y ajena a toda lógica positiva o
verificable. Está alimentando el aislacionismo del ejecutivo y la
conformación de creciente incertidumbre en los mercados sobre el
panorama económico de finales de gestión.
Tampoco pareciera sustentable confiar en
que el efecto de la devaluación sobre las exportaciones sostenga por sí
misma la salida de la recesión, ni que ésta sea rápida. Al menos no
tanto como pretende esperanzar el gobierno a la ciudadanía, con un
cambio de tendencia a comienzos del próximo trimestre. Desde el punto de
vista macro, considerando que el consumo agregado representa un 75% del
PBI, la inversión un 14% y las exportaciones netas representan sólo un
10% / 12%, un crecimiento suficiente para revertir el 3% de caída
prevista del PBI en 2018, liderado exclusivamente por las exportaciones,
supone una hipótesis de crecimiento neto exportador del 30% en 2019. Es
un supuesto muy duro, considerando que, si bien el balance comercial
fue positivo cada mes del último cuatrimestre 2018, luego de 20 meses de
saldo negativo, las exportaciones recién dejaron de caer en este último
bimestre.
Efectivamente, más allá de que las
exportaciones comenzaron a mostrar a partir de noviembre un crecimiento
interanual del orden del 14%, estuvo impulsado por un crecimiento
ocasional del 64% en las exportaciones de energía, que tienen 10% de
incidencia sobre el total. Esto no es sostenible en períodos de más alto
consumo energético estacional o de eventual recuperación económica. Hay
que tener presente que la reciente reversión del balance comercial se
viene haciendo en base a una fuerte caída de las importaciones, del
orden de más del 30% interanual, 46% en la importación de bienes de
capital, debido a la profundidad de la recesión en curso. Y que también
este margen se iría consumiendo en caso de recuperación de la actividad
económica. Esas no son bases sólidas para una hipótesis de crecimiento
de las exportaciones netas del 20% interanual en este año, tal lo
programado. Ni, por lo tanto, para una solución contundente y permanente
de salida de la recesión.
Además hay que ponderar también que
aquella hipótesis exportadora está formulada en un contexto
internacional poco propicio e inestable. Hay una tendencia
crecientemente proteccionista y posible “guerra comercial”. Nuestros
socios del Mercosur y demás vecinos regionales tienen problemas de
estancamiento de sus exportaciones. A partir de 2017, todos parecieron
haber despegado de los mínimos de 2016 pero en ningún caso ha habido un
boom exportador. Por lo que no puede confiarse en que la demanda externa
vaya a ser el motor para nuestra recuperación económica.
Adicionalmente, nuestras exportaciones de mayor valor agregado relativo
van destinadas mayoritariamente a Brasil, que sigue sin terminar de
salir de manera contundente de una recesión anormalmente larga.
La mayor estabilidad cambiaria de los
últimos meses no es suficiente para reactivar espontáneamente y por sí
sola la actividad económica. Desde el punto de vista sectorial, ni los
argumentados incrementos de la cosecha fina, ni la supuesta reversión
del saldo comercial en turismo, ni Vaca Muerta, ni un cambio de magnitud
en la actividad y las exportaciones de las economías regionales
aparecen con perspectivas consolidadas o de significación para ser
motores del crecimiento. Ninguna de esas actividades está en condiciones
objetivas de exhibir una perspectiva fundamentada de alcanzar tasas
anualizadas en el último trimestre 2019 que permitan compensar una nueva
caída del nivel anual de actividad. Pues, por más que dichas
perspectivas fueran buenas, son de poca ponderación en el PBI. Por otra
parte, el arrastre del resto de las variables será muy pesado. De hecho,
no hay motores suficientes para esperar una recuperación en promedio en
2019. Descenderán el consumo (-5%), la inversión (-30%), la obra
pública (-50%) y el gasto primario (-2,7%). El efecto de arrastre del
año pasado sería de una magnitud del -3.8%.-
Por ello, en todo caso, no lograrán
revertir la tendencia sino en el mejor escenario moderarla. La caída
tendría estancamiento prolongado en “L” y sería de lenta recuperación.
O, más precisamente y peor aún, de estancamiento inflacionario.
Contra las previsiones desactualizadas
contenidas en el Presupuesto 2019 (-0.5%) es de preverse una caída
anualizada en el orden del -2%. Entonces ya no serán dos años
consecutivos de crecimiento, prometidos, los de la segunda mitad del
mandato macrista, sino dos seguidos de recesión por primera vez desde la
crisis de 2001-2002.
No serán dos años consecutivos de crecimiento los de la segunda mitad del mandato macrista sino dos seguidos de recesión por primera vez desde la crisis de 2001-2002.
Costó más de 2.5% del PBI, pero con el
fin de año finalmente se concretó el desarme de carteras de LEBAC,
instrumento y política de cartera que tanto afectaron la evolución
cambiaria en 2018 y que fungía como una amenaza permanente sobre las
posibilidades de recuperación de su estabilidad. Desembocaron en
conformación de nuevas carteras de LETES, LECAP y principalmente LELIQ.
Éstas tienen la determinante diferencia de estar en manos únicamente de
bancos y no de particulares. Esto remueve en gran medida la presión
desestabilizadora sobre el tipo de cambio y recupera soberanía
regulatoria para el BCRA. Ello, debido a que los bancos, a diferencia de
los particulares, están a tiro de la aplicación de encajes bancarios y
de restricciones a la compra de divisas.
Sin embargo, el sostenimiento de un
esquema de política monetaria que, a pesar de la baja considerable
verificada de más de 10 puntos porcentuales de tasas de interés en lo
que va de este año, continúa nutriéndose en base a niveles similarmente
contractivos para la actividad económica real, implica seguir
manteniendo un esquema de base monetaria remunerada excesivamente
onerosa, con fuertes implicancias a futuro sobre los niveles del déficit
cuasi-fiscal. Esto consolida una matriz económica de sesgo
anti-productivista y a favor de la valoración financiera. Y profundiza
el proceso de redistribución regresiva de ingresos a favor del sistema
bancario y la intermediación financiera. Los resultados buscados de
contrapartida, en términos de consolidación des-inflacionaria y
estabilización cambiaria de largo plazo, siguen siendo muy pobres, como
balance final de la gestión.
La postura oficial de que la pax cambiaria es
prioridad absoluta (que desde ya, lo es), postergando sin una
ponderación más significativa los efectos reales de esta política,
muestra la rusticidad y precariedad del programa en vigencia. Que la
coordinación de tipo de cambio – tasa de interés se venga resolviendo
bajo el precepto de que los eventuales efectos no deseados de una baja
rápida de tasas sean más graves y riesgosas que los efectos no deseados
de bajarla lentamente, muestra el sesgo financiero de la política, la
mezquindad de la actitud oficial y la desconsideración hacia la
ciudadanía y su situación material. El tipo de cambio penetró de manera
más sistemática el piso de la banda y se ha mantenido casi
permanentemente allí desde entonces. Esto tiene efectos positivos pero
debería ser de prioritaria preocupación para la autoridad monetaria. Por
un lado, más allá de significar un buen negocio con reservas para el
BCRA, que hará la diferencia de cambio de la compra barata de los casi
U$S 850 millones que lleva acumulados este año, la emisión monetaria que
dichas compras implicaron permitió aumentar la demanda de LELIQ y así
bajar el precio de las ofertas a adjudicar. Eso viene permitiendo el
descenso de la tasa de interés de referencia. Sin embargo, como antes
mencionamos, tasas en torno al 60%, o en torno al 50%, no tienen efectos
diferenciales significativos sobre la actividad real.
Y, sin embargo, es difícil que este
ritmo de baja se sostenga mucho más. A medida que, correlativamente con
la de referencia, las tasas de los depósitos a plazo fijo (que son
contrapartida y fondean la demanda de LELIQ), siga bajando, es de
preverse que flexibilice la restricción monetaria sobre familias y
empresas que las incentiva a vender dólares atesorados. Y la demanda de
dólares se vea nuevamente tonificada. Por otra parte, la penetración
continuada del piso de la banda cambiaria muestra que los efectos de la
contracción monetaria no sólo son deletéreos sobre los niveles de
actividad real sino que pueden derivar en el peligro de un nueva
sobrevaluación del peso. Y, por lo tanto, en un nuevo impulso
contractivo adicional sobre la tan castigada ya actividad real. Lo cual,
sobre la base recesiva ya existente, no sólo se estallaría con las
proyecciones oficiales del programa económico sino que resultaría en
otras consecuencias políticas imprevisibles.
El argumento de que el tipo de cambio,
aunque hubiese penetrado el piso de la banda, no es reflejo de una
distorsión importante en tanto se mantenga en torno a él es falaz. La
proyección presupuestaria de la inflación, ya al comienzo del año,
aparece desalineada con proyecciones más realistas. De hecho, con la
imposibilidad verificada hasta ahora, y antes mencionada, de que la
inflación mensual penetre un piso del 2.5%.-
Como se mencionó, aún con déficit
primario 0% para el 2019, la economía deberá soportar 3,2% del PBI de
déficit financiero ocasionado por la deuda del Tesoro. Es decir, baja el
déficit primario y sube (menos) el gasto en intereses del Tesoro. Con
ello baja el déficit fiscal, aunque en menor proporción al esfuerzo
general de la economía. Pero sube el déficit cuasi-fiscal del BCRA (4%
del PBI). O sea, el Estado seguirá teniendo el año próximo un déficit
consolidado total de 7,5% de su PBI. Y la consecuente necesidad de
expansión monetaria y del BCRA de emitir LELIQ para seguir controlando
en esa proporción, o similar, la base monetaria. El riesgo implícito en
ello es volver a potenciar una nueva bomba de tiempo, en este caso, de
LELIQ, que a estas tasas, terminarán superando el máximo stock de LEBAC
($ 1.3 billones), alcanzado en abril pasado.
En 2019, hasta el final de la gestión,
la suerte eventual de la política de ajuste y desinflación estará
sustentada, entonces, en cinco áreas de “sincronización fina” del
programa con el FMI, que condicionarán su suerte y, posiblemente, la del
gobierno. Son: 1) El ritmo de ajuste del tipo de cambio y su capacidad
de evolucionar por dentro o no de la banda. 2) La definición del sendero
descendente de la tasa de interés. 3) La modalidad de liquidación de
los dólares que el Tesoro recibirá de los próximos desembolsos del FMI,
si se los vende al BCRA y éste emite y expande base monetaria o si los
vende el Tesoro directamente al mercado y sustrae liquidez del mercado
y, así, contrae base monetaria. 4) El ritmo de expansión o, si reabsorbe
o no lo expandido para alinearse a la condicionalidad de emisión
promedio “cero”, de la Base Monetaria que se produce ante compras de
divisas, ahora, a partir de que el tipo de cambio ha penetrado
continuadamente el piso de la banda de flotación. 5) la pendiente, el
ritmo o tasa promedio mensual, con que continúe ajustando la evolución
de los “bordes” de la banda cambiaria y su alineamiento con las
proyecciones más realistas de inflación.
De esta manera, la vida nacional de
nuestros días se sucede afligida por la desarticulación de la actividad
productiva y el generalizado deterioro material de la población. La
macroeconomía, y por extensión argumental, la economía parroquial de la
ciudadanía, han quedado virtualmente rehenes del arbitraje financiero
del mercado de cambios y de las posibilidades de que la tasa de interés
penetre a la baja un umbral restrictivo para la producción, pero
estructural al tipo de ajuste practicado.
Al finalizar la gestión Macri, el PBI per
cápita será más bajo que en 2015 (-5,0%), que en el 2011 (-7,9%) y que
en el 2008 (-2,8%). Es decir, en promedio, cada argentino será un 5% más
pobre cuando esta administración finalice su gestión que cuando la
comenzó.
Y aunque la sucesión de corridas
cambiarias parece haber sido controlada por la autoridad monetaria, la
convivencia económica continúa expuesta a los efectos recesivos de la
actividad y de alta inflación inercial que aquéllas dejaron como
consecuencia. Los ciudadanos han quedado sometidos a los efectos de las
angustiantes licuaciones sucedidas sobre los ingresos y los patrimonios.
Y siguen expuestos a riesgos de nuevos ocasionales sobresaltos de
precios en los mercados de bienes y servicios, en especial de los
denominados “regulados”, que siendo dolarizados, han quedado
desajustados nuevamente por la devaluación. Los afecta la
indeterminación paritaria, la mayor precariedad laboral, los incrementos
del desempleo y la inestabilidad generalizada de las fuentes de
trabajo.
Ello sucede en condiciones inevitables
de continua alteración política y convulsión pública, inmersa en un
estado de permanente crispación cívica y conflictividad social. La vida
de la gente transcurre en torno a los mismos problemas estructurales de
funcionamiento del orden democrático, a las mismas dificultades de
seguridad física y material (incluso, agravadas), a los mismos esfuerzos
que se le siguen solicitando para superarse, a las mismas injusticias
con que esos esfuerzos se distribuyen y a las mismas incertidumbres
respecto de su futuro.
El resultado final de estas políticas
será la profundización de la brecha de desigualdad de oportunidades, un
deslizamiento hacia incrementos persistentes en los umbrales
estructurales de la pobreza, la injusticia social, la concentración del
ingreso y de la acumulación de riqueza. Al finalizar la gestión Macri,
el PBI per cápita será
más bajo que en 2015 (-5,0%), que en el 2011 (-7,9%) y que en el 2008
(-2,8%). Es decir, en promedio, cada argentino será un 5% más pobre
cuando esta administración finalice su gestión que cuando la comenzó. La
inflación del período se habrá incrementado en torno a un 220%. La
presión tributaria será récord. Y así y todo, el país no tendrá la
capacidad autónoma de repagar la deuda, ni siquiera solo la contraída
con el FMI en esta gestión, aún si se cumpliese con las metas fiscales
proyectadas. El stock de deuda que en 2015 era del orden del 55% del
PBI, al final del 2018 es del 92% del PBI y terminará siendo mayor al
100% al finalizar Macri su mandato.
En este marco, el próximo gobierno
asumiría con los mercados de deuda cerrados, sin financiamiento
suficiente del FMI y con necesidades financieras que lo pondrían
virtualmente al borde de una reestructuración masiva de deuda o del
default. Y habrá salido del cepo cambiario para entrar y dejar de
herencia un cepo monetario. El desempleo será mayor y alcanzará los dos
dígitos por primera vez desde 2005. El salario real promedio habrá caído
en torno a un 18% / 20% y la distribución del ingreso será mucho más
regresiva y desigual.
En definitiva, sin mayor caudal político
propio remanente, salvo por diferenciación entre polos de la grieta
política, sin objetivos relevantes a dejar como legado, que no sean los
ajustes de sus propios desaguisados previos, y sin otro soporte
inmediato a su sustentabilidad que el del FMI, con el único recurso de
aferrarse al ajuste fiscal hasta ahora obtenido y de profundizarlo, y
acuciado por evitar el estigma de un nuevo default de la deuda pública,
la suerte política y electoral del gobierno está signada por la de su
política económica.
A la saga del desbarajuste kirchnerista,
especialmente de la gestión CFK, se le acoplará otro fracaso de
gestión. Y encadenará una sucesión de cuatro turnos de gobierno
desaprovechados, en casi coincidencia con la realización completa del
ciclo de bonanza en la economía internacional más prolongado y sostenido
desde la postguerra
Así y todo, aun en perspectiva del
difícil panorama que enfrentará la próxima administración, no hay
determinismos ni cabida para la desesperanza. El nuestro es un país de
recursos y oportunidades permanentes. La nueva gestión deberá renegociar
el acuerdo con el Fondo y re-orientarlo en dirección de recuperar un
sendero de crecimiento, para lo cual deberá desarrollar una estrategia
productiva y una de ocupación planificada del territorio, para
descomprimir las necesidades insatisfechas de los grandes conurbanos,
movilizar recursos y abrir nuevas ventanas de oportunidad al desarrollo
masivo de la inversión. Deberá reprogramar ordenadamente la deuda
pública en un contexto de sustentabilidad (superávits) fiscal de largo
plazo, regenerar los canales de ahorro nacional (mercado de capitales
locales) y de captación de aquéllos depositados en el exterior, con
respaldo de los organismos multilaterales de financiación del
desarrollo, con vistas a un sólido programa de inversiones en
infraestructura.
El stock de deuda que en 2015
era del orden del 55% del PBI, al final del 2018, es del 92% del PBI y
terminará siendo mayor al 100% del PBI al finalizar Macri su mandato.
Y deberá desarrollar una política de
ingresos que incorpore una estrategia distributiva y permita la
inclusión de toda la población en el esfuerzo, de manera que distribuya
equitativamente las cargas que conllevará. Ello requerirá de una acuerdo
político y funcional que le dé respaldo, gobernabilidad y credibilidad.
La gran pregunta política y electoral es si los actuales polos de la
“grieta política” tienen cada uno capacidad de visión y de convocatoria
eventual a una gesta de esta envergadura.
A manera de moraleja final: han habido,
como en todo, múltiples debates en búsqueda de discernir cuál fue el
motivo que llevó a semejantes consecuencias finales de la gestión
económica macrista. El más repetido, y que el neoliberalismo siempre
exhibe para defender la orientación ortodoxa de su política económica,
argumenta que el gobierno implementó una política de forma incompleta, o
con un gradualismo inocuo en sus efectos ajustadores, y oneroso en su
ritmo de evolución.
En general, sin embargo, no tuvo el
gobierno trabas políticas que le impidieran llevar a cabo las acciones
que completarán sus sucesivos planes a lo largo de la gestión. ¿Acaso no
supo ver las medidas que eran indispensables para que la estrategia
económica funcionara e hiciera crecer la capacidad productiva y el
bienestar general del país? ¿O simplemente, al igual que el populismo
económico, las políticas neoliberales no son la mejor opción para el
crecimiento ni para la estabilidad de precios de la Argentina de este
tiempo?

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