Manifiesto
Fundacional
Movimiento
Nacional de la Militancia Radical
Declaración
de Unione e Benevolenza
La
pretensión de algunos sectores, propios y ajenos, de licuar al
Radicalismo en nuevos espacios, de cualquier signo, merece nuestro
rechazo total. La
UCR debe ser el eje político vertebrador de un espacio de centro
izquierda social-demócrata, en toda ingeniería programática y
electoral de la que participe. La recuperación plena de su soberanía
doctrinaria y política es un factor de equilibrio imprescindible en
la escena política nacional.
Corren
tiempos volátiles y de efectismos comunicacionales. De
desvalorización de las tradiciones doctrinarias, de disolución de
las pertenencias y de las identidades. Por lógica, tiempos de vacíos
éticos, conductas acomodaticias y desentendidas de la memoria y de
la legitimidad. De manipulación del sentido común. En suma, son
tiempos de confusión generalizada en la Nación.
Pero
el subyacente de esta realidad nacional es más categórico y
dramático: éstos son, también, tiempos de fragmentación e
inmovilidad social, de acostumbramiento al conflicto social
permanente. Tiempos de supremacía de los negocios y ajuste
económico, de agrietamiento político, de venalidad y degradación
institucional y peligrosa inoperancia estructural de la Justicia.
Hoy
en la Argentina hay hambre, hay pobreza, hay desamparo y hay un drama
social creciente. Pero no es un esfuerzo social por el crecimiento:
también hay desinversión, pérdida de riqueza, fuga de recursos,
desintegración económica e incremento de la improductividad
estructural. Prevalecen la inequidad y la fragmentación social, que
constituyen la “verdadera grieta”: una línea de falla, entre dos
grandes realidades que conviven virtualmente inconexas entre sí.
Una, sumergida, informalizada y acuciada por su marginalidad, la
falta de empleo –especialmente juvenil-, o de ingresos suficientes,
y de acceso a prestaciones y coberturas básicas. Es decir, cada vez
más sometida a una agobiante inmovilidad social y rehén del
asistencialismo del Estado, ya exhausto para atenderla. La otra,
incorporada al circuito económico formal y, sin embargo, angustiada
por la progresiva extensión de los efectos de un fenómeno agotado
de movilidad social y una mayor desigualdad de oportunidades. En
general, por la pérdida constante de los estándares de vida
preexistentes, especialmente para la vejez, las personas con
discapacidad y en general los colectivos más vulnerables de nuestra
sociedad.
En
estos tiempos de convulsión, el Radicalismo, como parte inescindible
de la Nación, atraviesa la crisis más aguda de su centenaria y
prolífica historia de luchas democráticas. La severidad de esta
crisis no deviene del riesgo de su desaparición como parte inherente
que es, a la cultura nacional. Tampoco está signada por la conducta
cada vez más oligárquica de su nomenclatura partidaria, que es
circunstancial. Es su crisis más severa porque es de doctrina, o en
todo caso, de coherencia entre su acción política y su doctrina. Un
Partido contradictorio con su doctrina es un Partido sin proyecto
político que ofrecer a la ciudadanía. O con tantos proyectos que,
al fin, no ofrece ninguno. Y un Partido sin proyecto político
cuestiona su propia razón de existir como Organización. De
allí la condición terminal que el Radicalismo sí enfrenta y que
debe revertir: el riesgo de convertirse en una organización
irrelevante por vaciamiento doctrinario de su proyecto político.
Cambiemos
no es una coalición de gobierno; gobierna el PRO.
La UCR no participa de las definiciones políticas, ni de la
discusión programática. Sin embargo, aporta acción legislativa en
soporte alineado a los intereses del Poder Ejecutivo. Y ese
alineamiento atenta contra nuestro compromiso innegociable de defensa
de los postulados históricos de la doctrina partidaria.
Lo
grave es que una democracia con la UCR débil es una democracia
frágil. Cuando la UCR corre riesgo de claudicar, la democracia corre
riesgo de claudicar.
El
Radicalismo venía ya incubando una crisis larvada de contenidos de
su proyecto político y de mantenimiento de su representación
electoral mayoritaria, probablemente desde los tiempos de la primera
gestión menemista de gobierno. Y que eclosionó con el fracaso de la
Alianza.
En
Gualeguaychú, asumió una determinación discrecional y arbitraria,
porque no fue resultado de un proceso de debate amplio y generalizado
en el Partido, como la magnitud de lo que se decidía y del costo
político a pagar hubiesen requerido. Y esa falta de legitimidad
empaña el significado de aquel resultado y de sus consecuencias
posteriores. Especialmente, si se toma en cuenta que, siendo que
involucraba tradiciones y propuestas políticas históricamente
ajenas e intrínsecamente opuestas entre sí, llevaba a un
alineamiento electoral unilateral, incondicional y no programático.
En
cualquier caso, fue una decisión sobre una estrategia electoral,
que, como tal y en sentido estricto, agotó su alcance específico
con el resultado de la elección.
Los
efectos políticos derivados que continuaron rigiendo la política
partidaria a partir de allí tienen no sólo el vicio de aquella
ilegitimidad de origen, sino de su persistencia, a partir de la
sistemática denegación al debate democrático interno sobre la
continuidad y conveniencia de ese alineamiento. Desde
la institucionalidad partidaria, la democracia que se pregona hacia
afuera, hoy no se practica hacia adentro.
Las autoridades constituidas ejercen desde su legitimidad de origen,
pero no, con legitimidad de ejercicio. Gobiernan órganos partidarios
colectivos a los que no convocan ni consultan arrogándose así
atribuciones ilegítimas de su representación. Excepción manifiesta
es el caso de la actual Presidencia de nuestra Convención Nacional
partidaria, rodeada sin embargo por una Mesa de conducción que
paraliza su acción política y de autoridades del Comité Nacional
que inmovilizan las posibilidades y obligaciones de funcionamiento de
ese Organismo. Al hacerlo, usurpan sus cargos partidarios. Son
usurpadores institucionales de la UCR.
Rechazamos
categóricamente la orientación política de la actual conducción
del Comité Nacional.
Como ya hemos señalado y denunciando reiteradamente, ante el
dramático panorama nacional, la
conducción de la UCR se mantiene en un silencio inaceptable e
incompatible con la esencia política partidaria.
Acompaña
con sumisión la orientación política conservadora y económica
neoliberal del Gobierno. Se
muestra autorreferencial, preocupada por su propio devenir, alejada
de los dramas sociales, desentendida de la militancia y ajena al
sentimiento radical.
Con
estas conductas insiste en convalidar la falacia oficialista de
agitar “la grieta” política contra el pasado inmediato, que
debió haber sido ya largamente superado, pero que, sin embargo,
incentiva. Hasta las elecciones del 2017 esta falacia se había
convertido en el insumo predilecto de sustentabilidad de la
estructura política del Gobierno. Hoy el Gobierno apela a ciertos
reflejos del mismo discurso para justificar su pretensión de
recuperación de caudal electoral. Y el Partido ha quedado enredado
en esa falaz pretensión, poniendo en severo riesgo las perspectivas
de su futuro político y de su propia subsistencia. Ratifica
conductas propias de una política corporativa, que está enviciada
por la injerencia del “carguismo” y del acompañamiento consorte
del poder.
Así, termina desvirtuando la acción política partidaria y
confundiéndola con su propio accionar corporativo.
No
se puede, incluso es moralmente incompatible, pretender ser la Lucha
por la Causa de los Desposeídos, cuando se está alineado con el
Régimen falaz y descreído.
De
esta manera, esta dirigencia partidaria ha venido convalidando el
desarrollo de la vida pública nacional sin una visión de grandeza,
sin propuestas integradoras ni concordancias nacionales. Por lo
tanto, sin
el establecimiento de bases mínimas de sustentación a un programa
de reparación nacional que sea superador de la crisis actual.
Pese
a todo, el Radicalismo dispone de un bagaje histórico y doctrinario
superador del pensamiento binario de la grieta política actualmente
existente. Por su idiosincrasia, está llamado -como ningún otro
actor de la escena nacional- a sustraerse de ese falaz artificio
político. No puede ni debe ser parte de esa dialéctica. El
corrimiento desde su espacio histórico de pertenencia rompió con la
posibilidad de que, en estos tiempos, sirviese como anclaje de un
orden político más justo, más devolutivo hacia la ciudadanía,
ante los desafíos que presentan la incapacidad del Gobierno de
absorber el conflicto social, los crecientes desafíos a la
gobernabilidad democrática y
la necesidad de recuperación de un horizonte de crecimiento.
Debemos
dar las luchas de estos tiempos, un combate frontal contra la
pobreza, la marginalidad y todas las manifestaciones de desigualdad.
Debemos resolver el grave problema de la fragmentación social y
productiva, combatir la concentración de la riqueza y restaurar el
patrimonio nacional. Es una lucha concreta por la recuperación del
bienestar general de todos los argentinos por igual.
Pero,
ante todo, es una lucha por la estructura del poder político, y para
ello, con mayor urgencia aún, es una lucha por la recuperación del
Radicalismo.
Reivindicamos
una concepción ética de la Política.
No se concibe ejercer la Política sin el respeto irrestricto a la
ética pública. No se trata tan sólo de no practicar y combatir la
corrupción; esto es elemental: hace a la honorabilidad de las
personas. Se trata, además, de revalorizar las conductas; es volver
a reconocer las ejemplaridades, a respetar las trayectorias. Es
restablecer la confianza pública y volver a poner en valor el
Discurso y la Palabra. Implica reivindicar la vocación de servicio
en la administración del cargo público. Y es, esencialmente,
ejercer la representatividad electiva, esto es, la legitimidad de
representación. Se trata, en definitiva, de poner en valor moral y
político el respeto al contrato electoral y al mandato del Soberano.
Nos
avala una vida de luchas políticas legítimas.
El
Radicalismo debe recuperar su proyecto político soberano.
El país está en emergencia nacional y, en lo inmediato, la
responsabilidad histórica del Radicalismo en estos tiempos es la de
recuperar, primero, su identidad doctrinaria y, luego, su condición
contributiva a una solución de consensos para abordarla con justicia
social.
La recuperación plena de su identidad soberana es una
responsabilidad que trasciende su propia condición de partido
político.
Va
más allá de una visión autorreferencial, de un posicionamiento
internista, o de una discusión de la estrategia electoral. Es una
función de servicio al balance del juego político democrático y
una contribución a cerrar la “grieta”. Es
una obligación de conciencia ante el drama social, y ante los
conciudadanos que más lo sufren, a dar respuestas adecuadas que
estén a la altura del desafío de estos tiempos. Este
desafío requiere de tres condiciones de base: 1) Convocar a un
entendimiento nacional, un nuevo contrato político, que sea pilar de
una nueva concordia nacional y de la formulación de políticas de
Estado; 2) Promover la pacificación social que aminore la puja
distributiva y habilite un sendero des-inflacionario y, a la vez, de
crecimiento posible; 3) Recuperar la ética pública, que permita ir
saneando la moral republicana y restableciendo la confianza
ciudadana.
Se
trata de contribuir a una profundización de la densidad democrática,
a un restablecimiento de principios de equidad y de justicia social,
y a una mayor participación popular soberana.
Para
ello, hace falta más, y no menos, Radicalismo.
Por
eso reclamamos la reapertura de los ámbitos naturales del debate
político y de formulación programática partidaria. En el fragor
del debate democrático, debemos asumir este compromiso militante en
el entendimiento pleno de que el Partido, tal como lo conocimos
antes, en los albores de la recuperación democrática, ya no existe.
No
se sobrevive a la liquidez política estructural de estos tiempos con
las mismas viejas estructuras organizacionales y operativas
precedentes. Se la asimila, hasta superarla, con estructuras nuevas
más idóneas y flexibles. Y con la actualización del bagaje
doctrinario implícito en el Discurso político propositivo, bajo la
restricción mutante de época, pero en la afirmación de su sentido
ontológico e histórico. Es decir, afirmando los valores y
contenidos doctrinarios esenciales de nuestra cultura partidaria de
una manera estratégica.
Nuevos
vientos que soplan viejas banderas.
El
Radicalismo tiene deudas ideológicas y proyectos políticos
históricos pendientes de cumplimentar. Habrá de alimentar el sueño
de completar y perfeccionar la instrumentación jurídica, política
y operativa de la Manda Constitucional del Artículo 14 bis de
nuestra Constitución, con la que soñara Larralde. Habrá de
alimentar el sueño de revolucionar la democracia e insuflarle
densidad democrática a todos los estamentos de la vida republicana,
para perfeccionar la Revolución Democrática, que soñara Illia. Y
habrá de completar la gesta restauradora de la Democracia, de 1983,
cumplimentando la recuperación definitiva de la Democracia normativa
con la introducción de la Democracia Social y la Ética de la
Solidaridad que soñase Alfonsín. Como tal, habrá de ser un aporte
determinante a la re-introducción y reformulación de una visión
estratégica como Nación.
No
se trata sólo de darle contenido social a la democracia normativa.
Es darle un nuevo escalón de consolidación al proceso democrático,
una nueva categoría de madurez republicana a la convivencia política
nacional del pueblo argentino. Pero así como la democracia social
está en el eje vertebrador del salto cualitativo necesario de
nuestro régimen democrático vigente, existe una matriz ética,
humanista y política que hace de aquélla un resultado articulado de
interacción social, bajo preceptos solidarios de igualdad y equidad.
Esa dialéctica interactiva y articulada se da de manera libertaria
sólo en el seno de la organización democrática y republicana. Pero
la trascienda y la profundiza al hacer efectivos los derechos y
garantías de los ciudadanos. La
democracia social perfecciona la condición de ciudadanía.
Y
esto tiene manifestaciones concretas en el ámbito del juego
institucional en el que encuadra su ejercicio. Implica una
jerarquización del Discurso político, una re-legitimación de los
mecanismos de representación política y una re-valorización de las
minorías, como pilares de sustentación de la buscada
institucionalización del diálogo político.
Reivindicamos
el diálogo político institucional como base instrumental de
articulación de políticas públicas convergentes,
que consagren valores éticos solidarios, y esté enderezado a la
consecución del salto de consolidación democrática buscado, bajo
estos ejes de posible consenso programático:
- El de la recuperación de la soberanía política, entendida no como el dominio territorial o de control de fronteras, sino como recuperación de la capacidad de decisión propia. Esto es, la reparación de la condición integral de ciudadanía, tanto civil y política, como social y económica.
- El de recuperar la capacidad de disposición soberana sobre nuestros recursos estratégicos y sobre nuestra organización económica. En particular, los recursos energéticos. Reivindicamos la nacionalización total de YPF y la recuperación de su rol regulador del mercado petrolero argentino, así como la des-dolarización de las tarifas de los servicios públicos.
- El de la erradicación de la corrupción sistémica y la instauración de la apertura a la opinión pública, la transparencia y el sometimiento al control ciudadano de la gestión del Estado.
- El de la “desfragmentación” social y productiva que, a diferencia de la integración, concepto asociable a la interrelación entre equiparables, supone recuperar relacionamiento económico entre los desiguales, o bien entre los incorporados y los excluidos del circuito productivo, económico y social. Se trata de asegurar una lucha efectiva contra la pobreza y la desigualdad.
- El de la instauración de la Igualdad como concepto cívico amplio, en el sentido de la imposición principista de la Justicia y la erradicación de la impunidad y el privilegio.
- El de la justicia social, en el sentido de equiparación social y universalización de oportunidades, que recupere la movilidad social ascendente, incremente la participación funcional del trabajo en el ingreso nacional, recupere paz social y asiente la cultura de la convivencia.
- El de la recuperación de la dimensión estratégica: aquella que restaure un horizonte proyectivo de planificación democrática y, en ese sentido, objetivos y sentido de pertenencia a un colectivo común y de organización de la ocupación territorial de toda la Nación.
- El de sentar las bases de crecimiento para salir del subdesarrollo y transitar hacia un desarrollo económico inclusivo y sustentable.
Ante
la inercia política de la conducción partidaria, la
militancia ya ha generado su reacción. Se viene organizando y
movilizando a lo largo y ancho del país.
Y
viene acumulando renovado capital político.
Tiene
una misión: busca fortalecer al radicalismo y recuperar sus banderas
históricas y el contenido actualizado de su doctrina. Tiene un
objetivo: recuperar para el Radicalismo el lugar de relevancia
política del que la actual institucionalidad partidaria lo removió
y restablecer su relación de representación política y de
inserción social. Tiene una meta: servir de canal de confluencia de
la militancia Radical con vistas a canalizar su acción política en
la escena nacional. Y tiene instrumentos: restituir su capacidad
propositiva de políticas públicas y proveer nuevamente de
respuestas a la ciudadanía.
Se
trata de vencer el desánimo y la desesperanza de una porción de
conciudadanas y conciudadanos que, lejos de disminuir, crece
estructuralmente, producto de la vergonzosa desigualdad de
oportunidades que afrontan.
Esa
es una batalla cultural que debemos dar con compromiso solemne.
No
nos amilana la envergadura de la tarea. Venimos
y seguiremos contribuyendo al esfuerzo por restaurar un horizonte de
irrestricto ejercicio militante y ciudadano, condición espiritual de
filiación genuina a nuestro Partido.
Estamos
convencidos de que no puede haber democracia sólida y calidad
republicana sin partidos fortalecidos y representativos de la
voluntad popular.
Hace
un año, en Setúbal asumimos un nuevo desafío. El de reconstruir el
Radicalismo como mecanismo idóneo de acción política.
En
continuación del camino trazado entonces y como consecuencia de un
año de trabajo político y movilización militante, correligionarios
de a pie, en representación de todos los distritos del país, nos
hemos reunidos hoy en esta Convención Nacional de la
Militancia
para deliberar sobre la situación nacional que nos agobia y la
situación partidaria que tanto nos aflige.
En
honor de las viejas Luchas partidarias, en reivindicación de la
identidad de nuestra pertenencia y en recordación de nuestros
Maestros, hemos decidido en asamblea
la
creación de un nuevo espacio interno partidario que nos contenga y
que exprese el compromiso político que, solemnemente aquí asumimos
por la Nación. Nace el Movimiento Nacional de la Militancia Radical.
Desde
esta trinchera militante, denunciamos
la falta de vocación democrática interna del oficialismo partidario
y la carencia de apego a la ley electoral en cuestiones
procedimentales. Coincidimos en la necesidad de poner en evidencia la
falta sistemática de transparencia en las experiencias electorales
internas partidarias sucedidas este año. Rechazamos
las prácticas por las que se fomenta la no alternancia electiva o se
imponen supuestas “listas de unidad” para digitar candidatos e
imposibilitar los indispensables debates políticos.
Asimismo,
manifestamos nuestra extrema preocupación por el riesgo que tales
prácticas introducen a la organicidad e institucionalidad
partidaria. Más aún, repudiamos
la sucesión inaceptable de maniobras electorales aberrantes y
fraudulentas en el Partido,
por las que alevosamente se manipulan Cartas Orgánicas, se induce
sobre las decisiones y conformaciones de las Juntas Electorales, se
impugnan listas arbitrariamente, se trata de incidir sobre la
Justicia Electoral, se alteran ilegalmente los padrones electorales o
se practican fraudes selectivos, se excluye la participación de
afiliados o se permite la votación de no afiliados, y se amedrentan
Fiscales.
A
resultas de lo anterior, se
resuelve conminar
al Comité Nacional partidario a asegurar la más absoluta
transparencia en los procesos eleccionarios internos del Partido. En
concreto, se lo intima a impulsar y proceder con un proceso general
de re-afiliación que depure padrones en todos los Distritos del País
y a garantizar la transparencia y ecuanimidad en la conformación de
las Juntas Electorales distritales en todos los proceso
eleccionarios, distritales y nacionales por venir.
Asimismo,
denunciamos
también la
inmovilización de los estamentos partidarios, la paralización del
funcionamiento activo de sus cuerpos orgánicos, la cerrazón de los
espacios de debate político, la injustificable mantención de
intervenciones distritales y, en general, la inmovilización política
del Partido. Y rechazamos la pobre gestión política del oficialismo
partidario, evidenciada en la falta de movilización del electorado
radical en los procesos electorales de todos los Distritos en los que
se celebraron elecciones este año.
En
consecuencia, exigimos
al Comité Nacional que garantice, en tiempos electorales efectivos,
el regular funcionamiento de los Órganos Partidarios y
habilite los espacios de debate que permitan la más amplia
participación del afiliado y de sus representantes en los cuerpos
colegiados del Partido, en
la discusión de la estrategia electoral para el próximo año, a fin
de redefinir la política partidaria de alianzas nacionales y
provinciales.
La
UCR fue siempre, y ha de volver a ser, un Partido con vocación de
poder.
Y, como tal, debe estar preparado para ofrecer a la ciudadanía una
alternancia democrática, honesta, racional y programática de
gobierno. Somos
la Unión Cívica Radical. Reafirmamos
nuestras convicciones y ratificamos nuestro compromiso inclaudicable
por la Causa de los Desposeídos. Lo repetimos una vez más: hay otro
Radicalismo, un Radicalismo militante y progresista. Un Radicalismo
que vuelve al Radicalismo. Se compromete con el Futuro y se apronta a
recuperar la épica de su Lucha.
Se
aprueba por aclamación.
En
la ciudad de Buenos Aires, a los 24 días del mes de Noviembre de
2018
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